L'AIRE DE RIEN | THEME | GEO | AUTEUR·TRICE

En la chaqueta de un hombre cualquiera

Ein Mann findet ein Nacht eine Jacke, zieht sie an und wird ein neuer Mensch

Volvía a casa. Era ya noche cerrada, de esas sin estrellas, sin luna, sin tan siquiera algún otro transeúnte. Pero a pesar del vacío era una noche cualquiera, que hubiera caído en el olvido de no ser por lo que ocurrió. Andaba ensimismado, atrapado en mi rutina, cuando un bulto en la acera por la que caminaba llamó mi atención. Me acerqué curioso, ávido por dejarme sorprender en esa noche, abandonada en los cielos y en las calles, que hubiera podido ser otra cualquiera. Sobre un poyete colgaba una chaqueta de cuero. Estaba roída, sucia, con ese sabor a lo ya vivido que tienen las prendas de más de diez años. La curiosidad me invadió y no pude evitar probármela. Me pareció horrible, pero una vez dentro me sentí cómodo, con la sensación de estar en casa dentro de lo vivido por esa chaqueta. No lo pensé dos veces, me la llevé a casa, curioso y divertido, como cuando alguien uno se disfraza y juega a ser otro distinto a sí mismo : Yo ahora jugaba a ser el hombre de la chaqueta de cuero. Me imaginé un tío rudo, hogareño, de esos tipos que aún con cuarenta años viven con sus padres y todas las tardes acuden al bar de la esquina a jugar la partida de cartas. Mi nuevo papel no me disgustaba, más bien todo lo contrario : ensayaba mis poses por esas calles vacías de camino a casa como si la ciudad fuera un teatro vacío, sin más actor ni público que yo mismo. Gesto a gesto me iba metiendo en el papel ; me giraba y hacia un guiño, me levantaba las solapas de la chaqueta recordándome lo macarra que era o andaba con las manos metidas en sus bolsillos balanceándome con chulería. En este último gesto noté que había algo en el bolsillo interior derecho ; ya estaba llegando a casa y decidí averiguarlo en la tranquilidad de la cocina.


Era una cartera, con fotos del que supuse era el dueño de la chaqueta, un hombre que más o menos tendría mi edad, moreno, ojos oscuros y facciones duras. Hasta nos dábamos cierto aire. Me coloqué junto a la foto frente al espejo y traté de imitarle, no se me daba mal meterme en el personaje. Seguí rebuscando en aquella cartera. Había unas cuantas tarjetas y una multa por cierto incidente con su perro. Un tipo curioso, pensé. Había también una carta de su madre fechada hace unos cuatro años. Era una carta de despedida en la que le deseaba un buen viaje y regreso a casa. Así que además era un viajero. Cuantas más cosas descubría, más interesante me parecía la vida de aquel hombre.
A la mañana siguiente desperté lleno de preguntas sobre él. Rebusqué nuevamente en su cartera y releí sus papeles, percatándome de que la carta de su madre tenía escrita la dirección de su casa. Vivían en la misma ciudad y resolví pasarme a devolver sus cosas, pero antes no pude evitar jugar por última vez a ser él. Me puse la chaqueta y fui en dirección a su casa, ya me la quitaría antes de llamar a su timbre para devolverla. Jugué todo el camino a ser aquel hombre, me gustaba mi personaje. Al entrar en el portal miré los buzones para tratar de encontrar el piso, cuando de repente oí una voz femenina ajada pero cálida que me clamaba : ¡Hijo mío !

Volví a casa esa noche, a una casa que ya no sentía como mía, con la chaqueta de cuero aún sobre los hombros, la cartera en el bolsillo de la misma, sintiéndome más él que yo mismo. Tras esa exclamación en el portal de su casa no había tenido el valor de decir la verdad a su madre ; ahora era yo ese hombre rudo, hogareño, que aún vivía con sus padres y echaba cada tarde una partida de cartas. Su madre me había confundido con ese hijo de chaqueta de cuero que se fue un día de casa y yo había alimentado su confusión : para ella era el hijo que vuelve, pero ahora para mí mismo tampoco existía más yo que ese hombre. La mentira surgió como verdad : yo era el hombre de la chaqueta de cuero, ya no quedaba nada del que yo había sido hasta ahora, excepto unos cuantos objetos que me recordaban una vida pasada que ya no tenía nada que ver conmigo. En el perchero colgaba aún el abrigo negro de lana que había llevado hasta que encontré ese viejo cuero. Cogí ese abrigo negro que llevaba usando años, metí mi cartera y las llaves de la que hasta entonces había sido mi casa en uno de sus bolsillos y lo dejé en la calle antes de partir hacia mi auténtica vida.
A los pocos meses jugaba mi partida de cartas de cada día en el bar de la esquina, cuando al levantar la mirada vi a un hombre vestido con un abrigo negro que me resultaba familiar. Le observé sonriente : llevaba puesto el abrigo negro de lana de ese hombre que ya no era yo. Dejó un chaquetón verde en la calle, lo miró por última vez y comenzó a caminar sin volver la vista atrás.